Espiritualidad Contemporánea
Octubre 24, 2008
Espiritualidad Contemporánea
Una breve crítica sumaria para buscadores noveles y veteranos
Pablo Ianiszewski F. © 2008
La espiritualidad está en jaque, o al menos eso es lo que pareciera deducirse del estado actual del fenómeno religioso / esotérico contemporáneo. La dialéctica entre la Modernidad (o si se quiere la Post-modernidad) y lo Sagrado es tremendamente compleja. En este artículo queremos dar cuenta de las dos grandes aproximaciones que se nos presentan más a la mano habitualmente, desde una perspectiva crítica y asumiendo el presupuesto del ser Occidental para hablar desde lo Occidental en busca de una genuina espiritualidad que pueda fructificar en el interior de la persona evitando tanto los armatostes fraudulentos como también la rigidez del dogmatismo. Más allá de formulismos baratos o de escapes personalistas, proponemos mirar con detención lo que se nos está ofreciendo como respuesta a la sed interior de los occidentales en un mundo tremendamente desencantado por el escepticismo y el paradigma materialista. Más que presentar un análisis acabado queremos proponer al lector una serie de críticas en forma de listado para la reflexión personal y la contrastación con las fuentes originales. En ningún caso pretendemos poseer la verdad, ni tan siquiera un pedazo de ella. La experiencia trascendente es tan rica y variada que no osaríamos establecer un camino prefijado por donde debería recorrer el buscador. Pero si que quisiéramos realizar una advertencia respecto a las trampas que en nuestros días suelen horadar el camino hacia lo Divino. Ese y solo ese es el propósito de nuestra presentación.
La Nueva Era en el banquillo de los acusados
La denominada Nueva Era constituye uno de los fenómenos espirituales más extendidos en el Occidente actual. Hablar de espiritualidad contemporánea sin mencionar esta corriente es casi imposible puesto que su literatura es de lejos la más abundante en los escaparates de las librerías especializadas como también en los de muchas librerías generales. Cuesta comprender al principio de qué se trata exactamente debido a lo variado de su oferta temática. Brevemente la Nueva Era toma su nombre de la proclamada Era astrológica de Acuario en la cual estaríamos entrando desde hace unos años y que implicaría una serie de cambios culturales, valóricos y espirituales para todo el planeta, pese a que los cálculos astrológicos oficiales establecen que dicha Era no se iniciará sino hasta el año 2.154 aproximadamente, aunque acerca de la fecha exacta nunca hay unanimidad. Queda entonces la sensación de que se está abriendo el champagne demasiado antes de las doce. La tendencia “New Age” emerge durante la década de los ‘60 bajo el paraguas del movimiento hippie y desde entonces ha pasado desde el ámbito contracultural a ser parte de la cultura popular oficial. Su auge parece explicarse por el vacío que dejaron las religiones tradicionales al caer en descrédito durante el siglo XX, espacio que vinieron a ocupar los nuevos profetas acuarianos. Si bien constituye un fenómeno relativamente reciente, sus bases paradigmáticas fueron sentadas por la Teosofía de Madame Blavatsky a fines del siglo XIX, luego extendidas por sus sucesores, especialmente Annie Besant, Charles Leadbeater y Alice Bailey. Pero hasta los ‘60 no se trataba más que de una curiosidad limitada a ciertos círculos de interés. La Nueva Era va a popularizar muchos de sus planteamientos a un nivel que nadie pudo haber imaginado. Revisemos críticamente algunas de sus características:
1) Nos presenta una trivialización extrema de la espiritualidad llevándola desde el plano de la trascendencia al de la psicologización. Abundan los planteamientos que reemplazan la noción de experiencia trascendente por una inocua experiencia subjetiva de sanación o bien de expresión catártica de las pulsiones inconscientes. Con ello, la Nueva Era y otras vertientes afines de la espiritualidad contemporánea muestran una creciente confusión entre los distintos niveles de la conciencia y la experiencia humana, mezclando lo Inconsciente con lo Trascendente, lo terapéutico con lo espiritual, lo histérico o lo psicótico con el Nirvana o la Theosis, etcétera.
2) Hay en la Nueva Era una tendencia al individualismo y a la fragmentación de la experiencia espiritual en dominios cada vez más reducidos al ámbito subjetivo, negando de manera implícita la intersubjetividad de las experiencias de Trascendencia. Ello hace imposible el reconocimiento de una verdadera experiencia mística respecto de cualquier otro tipo de subjetivismo o de actividad psicológica no usual.
3) La total falta de coherencia interna del movimiento por su condición ecléctica y muchas veces improvisada le perfila como un blanco difícil de cuestionar puesto que ningún predicado se ajusta exactamente a todas sus múltiples manifestaciones, habitualmente contradictorias entre sí. El dispar sincretismo que lo caracteriza puede mezclar libremente el Padrenuestro con el mantra de Avalokiteshvara, las velas de la Santería, el Ayahuasca amazónico y las danzas sufíes sin el más mínimo nivel de coherencia interna o rigurosidad.
4) En muchas de sus corrientes se observa un intenso pero no siempre explícito rechazo a las tradiciones y religiones convencionales en un predicamento que las relega a un papel de meras reproductoras de una espiritualidad muerta o bien de un puro formalismo exterior que solo busca perpetuar un determinado status quo. Esto contradice abiertamente las manifestaciones de profunda espiritualidad y/o santidad de numerosos individuos firmemente insertos en una ortodoxia religiosa particular como Sheikh Ahmad al-Alawi o Thomas Merton.
5) La tendencia general del movimiento se emplaza hacia una progresiva convergencia Orientalizante de la espiritualidad como si no existieran elementos a rescatar de la tradición espiritual de Occidente a excepción de determinados componentes del llamado Ocultismo, generalmente deformados o simplificados hasta volverse casi irreconocibles como el Tarot o el uso oracular de las Runas Escandinavas. Esto implica un cierto nivel de rechazo a las propias raíces culturales, históricas y arquetípicas que no se explicita, de alguna manera justificado o normalizado por el fenómeno de la Globalización y la llamada “Aldea Global” en donde se minimizan las diferencias culturales en pos de una homogeneización que hace peligrar cuantiosamente las identidades locales de la comunidad y los sujetos que la componen.
6) Por otro lado está el problema de un pertinaz sincretismo aglutinante que quisiera homogeneizar la espiritualidad en una amalgama epistemológicamente incoherente. Un caso paradigmático es el de José Argüelles y su “Sincronario de 13 Lunas” en donde se pegotean los más disímiles enfoques del Teosofismo (no confundir con la verdadera Teosofía) junto a disparates de cosecha propia y deformaciones monstruosas de la tradición Maya, que contradicen abiertamente lo que tanto Yucatecos, Quichés, Lacandones, Tzotziles y antropólogos saben de dicha cultura y religiosidad.
7) Debido a que se trata de una forma de espiritualidad con creencias a la carta, que enfatiza la elección individual de los asuntos religiosos y rechaza la autoridad de los expertos validada socialmente, el trasfondo del movimiento cae en la defensa de la irracionalidad y del individualismo intuitivo, elementos que se asocian al origen de la tendencia en la rebelión juvenil de los ‘60. Este endiosamiento de los elementos intuitivos e irracionales de la conciencia hace aparecer a cualquier categoría coherente, análisis crítico o fundamentación racional como algo restrictivo y a veces desfavorable para el desarrollo humano. Tal posicionamiento explica la producción de las condiciones para el abuso que abordaremos en los restantes puntos de esta discusión.
8) Un elemento importante a considerar como parte de un análisis crítico de la Nueva Era es la presencia de una ingenuidad peligrosa entre sus seguidores, lo que ha promovido la proliferación de cultos personales y abusos de todo tipo. Debido a la ignorancia masiva respecto a qué es la espiritualidad en un medio altamente desacralizado, no es extraño observar a sectas mesiánicas como los Davidianos de David Koresh o los Heaven’s Gate de Marshall Applewhite, con las espantosas consecuencias que todos conocemos. Así mismo observamos a occidentales sumisos al Gurú de turno que se someten voluntariamente a explotaciones económicas y/o abusos sexuales como ha sucedido ya en innumerables ocasiones. Tristemente célebres son los casos de Sogyal Rinpoche, Yogi Amrit Desai, Swami Muktananda, Taizan Maesumi Roshi, Seung Sahn o el occidental Ösel Tendzin entre muchos otros.
9) Hay también un reemplazo de la religiosidad popular por una cultura del consumo masivo en el que se incluye una espiritualidad de bolsillo al alcance de todos y que ha venido a suplantar las formas más ingenuas de la fe en las animitas o las peregrinaciones a los santuarios. Si bien ello no representa problema alguno, si preocupa que se preste rápidamente para la explotación comercial y el mercantilismo espiritual, un extraño oxímoron en el que se conjuga el materialismo con una espiritualidad conveniente. La comercialización resulta casi omnipresente en el material de la Nueva Era lo que plantea la cuestión de hasta qué punto se trata realmente de espiritualidad y hasta qué punto de un fenómeno de Mercado que explota la desorientación y el vacío existencial de los Occidentales.
10) Sumado a lo anterior, visible a todas luces, se suma la menos notoria dominación que ello implica en términos culturales, al monopolizar el discurso religioso/espiritual en una pretendida “amplitud” que en vez de liberar al hombre de la sujeción al poder de las jerarquías religiosas institucionalizadas, le somete a un nuevo yugo, esta vez de rostro invisible que se oculta detrás del mercado de consumo y su constante explotación del deseo humano. Cada nueva “técnica” espiritual, en su vana promesa de felicidad, pretende crear una nueva necesidad que puede ser satisfecha en la medida de lo que permita el bolsillo con sus talleres y cursos de “desarrollo personal” o de supuesta “iniciación” creando nuevas dependencias que boicotean la pretendida emancipación espiritual del hombre moderno.
11) Distorsión y empleo interesado de formas tradicionales de espiritualidad que se expresa por medio del recorte tipo collage, la falsificación y la ostentación de títulos como el de Maestro o de conocimientos que no se posee como en el caso de muchos pseudo-chamanes blancos, mediums, “canalizadores” o videntes autoproclamados. La “Declaración de Guerra contra los Explotadores de la Espiritualidad Lakota” es un ejemplo diáfano de reacción de una comunidad espiritual ante el abuso comercial del que es objeto.
12) Como último elemento figura su basamento en diversas pseudo-ciencias modernas y en distorsiones de teorías científicas validadas para argumentar falazmente a favor de sus construcciones, utilizando livianamente elementos muy mal entendidos o muy deformados de Física Cuántica, Teoría de Campo Unificado, Matemáticas de la Complejidad, Neurociencias, Constructivismo e Ingeniería Genética por mencionar solo las más habituales.
Nos queda finalmente un sabor extraño cuando analizamos el pastiche de la Nueva Era. Más que tratar con la espiritualidad, pareciera que su asunto es la terapéutica y la moda cultural, además por supuesto del lucro más interesado por parte de quienes venden estos paquetes a las masas de consumidores siempre ansiosos de un nuevo producto que prometa felicidad.
El Tradicionalismo en el banquillo de los acusados
El Tradicionalismo, como escuela de pensamiento, constituye una postura filosófica en la que se atesora la tradición producto de su origen en una revelación divina ya que sería propiamente a través de ella como el hombre pude vincularse con lo Absoluto de una manera efectiva. Si bien el vocablo designa una serie de tendencias de corte conservador, en el contexto que nos ocupa se refiere al movimiento iniciado por el metafísico y matemático francés René Guénon y continuado por otros como el ceilanés Ananda Coomaraswami o el suizo Frithjof Schuon. Si bien minoritario, su peso específico se ve altamente potenciado por extenderse entre una cierta elite intelectual europea así como entre los buscadores de la Sophía Perenne con inclinaciones doctas y que suelen sentirse profundamente hastiados de la Nueva Era así como de la amenaza que representa la Modernidad para la subsistencia de las diversas instituciones y comunidades de espiritualidad tradicional. Esta tendencia nace en el primer cuarto del siglo XX como una respuesta ante el creciente avance de la Sociedad Teosófica, el Espiritismo y del Ocultismo decimonónico. Básicamente nos plantea la existencia de una Tradición Primordial de origen divino desde la cual derivaron todas las demás tradiciones espirituales, por lo que se plantea lo que algunos han denominado la “Unidad Trascendente de las Religiones” y otros simplemente como la Metafísica, proponiéndola como eje central del análisis comparativo entre caminos espirituales. Si bien acierta con una notable locuacidad a denunciar la Modernidad por su inversión de los valores espirituales tradicionales y su espíritu materialista y cuantitativo, cabe hacerle una serie de cuestionamientos al detalle de su desarrollo reflexivo, a saber:
1) Excesivo simplismo en sus planteamientos. La realidad es representada en términos de una estricta dicotomía Tradición / Modernidad que no deja espacio alguno para posiciones intermedias como tampoco para el diálogo, pues los términos se vuelven mutuamente excluyentes determinando una estructura de irreconciliables. En esta visión reduccionista y sobresimplificada todo es blanco y negro, negándose implícitamente la existencia del color y de la tonalidad.
2) El discurso Tradicionalista no da cuenta en lo absoluto de la presencia de realización espiritual genuina en los órdenes “anti-tradicionales” como el Protestantismo, pues figuras como Jakob Böehme, Emmanuel Swedenborg, John Donne, George Herbert, George Fox, Thomas Vaughan o Johann Valentín Anrdreae, salidas del mundo reformista, no encuentran explicación alguna. La distinción entre vía iniciática y vía mística que realiza Guénon es a todas luces artificiosa pues en el mismo Tasawwuf, al que él finalmente adhiriera, el proceso unitivo a Dios (Faná) es exactamente lo que se define como unión mística en Occidente, pese a que el francés quiso retorcer el término para acomodarlo a su visión estancada de las religiones “exotéricas” (Véase Majmu’a Fatawa, Shaikh al-Islam Ibn Taymiyya, Volumen 2, páginas 396-397 y Volumen 11 en su integridad para una demostración erudita desde un riguroso jurista Sunni y miembro de la orden Qadiri).
3) Si lo que afirman los Tradicionalistas es correcto, se sigue que las manifestaciones modernas de lo Sagrado son falsas, por vía de las llamadas “contra-iniciación” y “pseudo-iniciación”. Ello deja en dudosa posición a importantes reformadores y a sus respectivos movimientos religiosos. Surgidos desde el siglo XVII en adelante al amparo de la ya mentada Modernidad no nos explicamos como es posible hallar luces espirituales impresionantes en la religión de los Sikh tan proclive a la hibridación, ni en el movimiento Rosacruz de profundas raíces luteranas, como tampoco en Kabir y el extraño camino del Sant Mat, una verdadera revuelta política, cultural y religiosa en contra del orden tradicional establecido en la India. Tampoco hallamos explicación alguna para Bahá’u'lláh y la Fe Bahai, en abierta contradicción con las doctrinas islámicas a menos que se trate de una mera impostura o bien de una maquinación del lado oscuro, posición difícilmente sostenible en los ambientes académicos o intelectuales.
4) No hay en la visión Tradicionalista ni una sola palabra para explicar el desarrollo histórico de los movimientos espirituales, sean estos de corte esotérico o exotérico. El proceso de transmisión, transformación e interrupción de los mismos aparece omitido. Así por ejemplo no se da cuenta alguna del tremendo peso que juegan el Mitraísmo y la religión egipcia en la conformación de la tradición Cristiana, o el rol de la religión sumeria y babilónica en los mitos del Judaísmo ni el papel preponderante de las prácticas Mazdeístas en la conformación del rito Islámico. No hay conciencia alguna en Guénon ni en sus seguidores de los procesos de hibridación histórica, en ocasiones incluso de simple plagio, fenómenos totalmente históricos y podríamos decir, profundamente humanos en su naturaleza. Lo mismo supone un desafío a la tesis de que las tradiciones particulares genuinas son representantes de una metafísica y una Tradición primigenia.
5) El planteamiento Tradicionalista no obedece a ninguna lógica reconocida, pues tanto sus premisas, sus métodos y sus conclusiones no dicen relación con el método científico ni con el filosófico ni con el histórico. No se nos explica en lo más mínimo en qué consiste exactamente esa llamada Tradición Primordial ni como incidió esta en la historia humana a partir de determinado momento, sea por obra de la Revelación u otro medio. El pensamiento se vuelve retórica en vez de análisis y la pretendida síntesis entre tradiciones pivotea sobre un concepto inestable. Por otro lado la presentación global del discurso descansa sobre un lenguaje culto que suplanta el rigor teórico como si por escribir ilustradamente se demostrara un punto en virtud de su estructura gramática. La defensa acérrima de postulados mal argumentados nos lleva a sostener la presencia de un irracionalismo docto en muchas de las obras tradicionalistas.
6) La virulencia del discurso en ocasiones hace pensar que se trata de un planteamiento reaccionario en vez de reflexivo. Sorprende en ocasiones la incapacidad de los tradicionalistas para reconocerle mérito alguno a la Modernidad pero sobre todo, la casi total falta de criticismo a los excesos y abusos del mundo tradicional del que la Modernidad es resultado. El germen de la corrupción moderna y de la desacralización del mundo ya estribaba en la Santa Inquisición, las cruzadas y el feudalismo que le dieron origen como oposición racionalista. Nuevamente tenemos que el discurso tradicionalista no se hace cargo de la Historia y sus procesos.
7) Al mismo tiempo la distinción entre lo esotérico y lo exotérico se muestra insuficiente para explicar cómo es posible que en el seno de tradiciones puramente exotéricas como la Iglesia Católica u otras cuyos sacramentos no tendrían ya ningún valor iniciático, sea posible aún hoy en día encontrar personas que han llegado a la realización metafísica o espiritual, como el Padre Pío de Pietrelcina, logros inmensos que son despreciados por el guenonismo como puro resultado de un misticismo que percibe como inferior y “exotérico”.
8) El peso de sus reflexiones recae en la idea de la Iniciación como paso imprescindible para acceder a la realización espiritual pero como podemos ver en los múltiples ejemplos previamente señalados esta premisa se muestra falaz. Esto quiere exponer además que no se le ha tomado el peso necesario en el Tradicionalismo a la experiencia mística y su naturaleza profundamente humana, que también Divina, y que pareciera escapar constantemente a las conceptualizaciones y encasillamientos preconcebidos del Tradicionalismo o de otras ortodoxias. Resalta aquí el caso del Budismo Zen, enemigo del formalismo y del ceremonial Iniciático por principio. ¿Sus luces espirituales son también una falsificación moderna? Nos preguntamos qué hay de Bodhidharma, Lin-Chi o Dogen Zenji. O casos más cercanos que ni siquiera se insertan en una religión particular como el de Jiddu Krishnamurti.
9) Las implicaciones políticas del movimiento, que parecen ser desarrolladas por personajes más críticos de la obra Guenoniana como el señor Julius Évola llevan a la llamada “revolución conservadora” y al fascismo. La gran mayoría de los adherentes del tradicionalismo parecen reticentes a asumir dicha carga política y reniegan de las consecuencias sociales de esta opción por la extrema derecha. No obstante la implicación es innegable a menos que se insista en mantener el trabajo intelectual al margen de cualquier acción en el mundo real. Ello nos lleva a considerar el tradicionalismo más que como una escuela de pensamiento, como una ideología en donde las reyertas y acusaciones mutuas entre los diversos representantes están siempre a la orden del día, como puede observarse entre los distintos seguidores de Guénon, Schuon y Évola.
10) El problema del Budismo Theravada es quizás un punto bien álgido para los Tradicionalismtas más ingenuos. Fue labor de Ananda Coomaraswami reestablecer el valor y el respeto hacia esta tradición, ya que para Guénon se trataba tan solo de una forma anti-tradicional. Lo mismo puede decirse de su religión hermana, el Jainismo. Ambas comparten su rechazo a la autoridad de los Vedas, al sistema de castas y la supremacía de los Brahmanes. En conjunto, plantean esencialmente que la responsabilidad de la realización espiritual del individuo radica en su propio esfuerzo por liberarse del ciclo de las reencarnaciones y no en la ejecución de ritos, devociones o bien, espantoso gran horror, en la toma de Iniciaciones. Tanto Shakymuni Buda como Mahavira se mostraron férreos enemigos de la ritualización y del formalismo religioso, lo que por cierto no podría menos que irritar a nuestros tradicionalistas, sean guenonianos o no. He aquí nuevamente el problema: si negamos la condición de Tradición (es decir, dependencia de un Principio Divino o Trascendente) al Budismo y al Jainismo ¿cómo explicamos el gran nivel de logro espiritual de sus fundadores y de muchos de sus practicantes? La actitud aquí es como negarnos a aceptar un cheque en blanco porque no nos gusta el color de la tinta con que fue firmado.
11) Guénon se muestra excesivo en lo que parece ser su predilección orientalista. Poco y nada ofrecen las acrobacias de su retórica prejuiciada al buscador occidental, realizando distinciones antojadizas entre iniciaciones del este y el oeste, para proponer a la primera como superior a la segunda sin más razón que su desconocimiento completo de las ricas fuentes literarias de la tradición Hermética y Cristiana. Así, declara casi muerta a la iniciación occidental simplemente porque el fenómeno al que se remite no se ha presentado nunca de manera abierta o accesible al ojo del vulgo como sucede en oriente. Y en esto queremos ir mucho más allá que la mera Masonería.
12) Si bien nos parece acertada la crítica a los movimientos “espirituales” de la Nueva Era y otras manifestaciones análogas que comparten similar nivel de banalización y superficialidad, no se sigue de esto que todo movimiento espiritual contemporáneo sea necesariamente una falsificación por no estar enraizado en una tradición anterior, lo que constituiría una falacia lógica. Lo mismo implicaría limitar lo Divino a un estrecho margen de acción y transmisión, como si Dios tuviese necesariamente que caber y permanecer inmóvil adentro de una caja de zapatos.
¿Tiene realmente que ver el Tradicionalismo con la espiritualidad? Su visión estática y ordenancista de las tradiciones y caminos a lo Trascendente parece más ligada a un rescate de los formalismos y de las pertenencias sectarias, en un sentido amplio del término. Lo etiquetero y protocolario de su aproximación deja una sensación esclerótica en donde no hay renovación posible ni espacio para la infinita creatividad Divina.
Reflexión y síntesis
Pareciera ser que desde siempre lo misterioso ha generado una fascinación y un interés tremendo en el género humano. Por razones psicológicas profundas las personas nos esforzamos por penetrar en lo arcano con una tozudez que guarda similitudes con la irrefrenable curiosidad del felino doméstico. Mucho de la moda espiritual que nos envuelve en el presente dice relación con ese merodeo, a veces demasiado pueril. Sin embargo, más allá de la tendencia en boga, existen miles de personas genuinamente interesadas en la búsqueda espiritual auténtica para quienes el caminar se hace en ocasiones bastante difícil entre tanta confusión y artificio. Hemos querido tenderles una mano a esas personas, mostrándoles algo de lo que se ha ido destilando a lo largo de muchos años en esa misma búsqueda. Cada persona debe juzgar por sí misma, de manera reflexiva, aquello que puede satisfacer esa sed de infinito que se abre en lo profundo de su alma. No hay respuestas fáciles ni inmediatas pero eso mismo hace que la búsqueda valga tanto la pena. Habrá quienes prefieran los caminos de Oriente pese a ser occidentales y habrá orientales que prefieran los caminos de Occidente. Lo Divino no puede ser monopolizado por nadie. Esto conlleva el que no existan fórmulas preestablecidas ni rígidas para transitar en la vía hacia la experiencia trascendente. Pero se debe ser crítico con lo que se nos ofrece, especialmente en una época de engañifas mercantiles y de fundamentalismos.
Pese a que lo Absoluto y su experiencia a nivel humano se escapan constantemente a toda conceptualización certera, debiendo adoptarse quizás una senda apofática, creemos recomendable remitir al lector más letrado a los trabajos de autores rigurosos en el campo de la Hermenéutica de la Religión como Mircea Eliade, Károly Kerényi, Gershom Scholem, Louis Massignon, Henry Corbin o Giuseppe Tucci. La razón de esta recomendación estriba en que una persona bien informada resulta más difícil de engañar. Por otro lado la lectura de las fuentes originales de una determinada tradición o camino espiritual es siempre lo más aconsejable. Quisiéramos decir que de lejos lo mejor es ir y probar por uno mismo en la experiencia directa, pues de hecho lo es, pero debido a la tremenda maraña de grupos e individuos de dudosa procedencia es siempre preferible documentarse lo suficiente primero.
La Modernidad no ofrece alternativa para la sed de trascendencia del hombre y en consecuencia lo sagrado se disfraza de maneras degradadas en las ideologías políticas, los partidos de fútbol o los nacionalismos, pero ninguno de ellos puede otorgar al ser humano la experiencia mística ni el desarrollo de su conciencia que sin percatarse anhela. Aunque el mundo contemporáneo insista en relegar lo sagrado al campo del olvido, este es pertinaz al irrumpir en la intuición y en nuestros sueños. Incluso el más mundano de los hombres no puede evitar su presencia constante en las profundidades de su psiquis.
Revisamos dos fenómenos espirituales modernos, pese a que los tradicionalistas tendrán que aceptar a regañadientes que sus planteamientos obedecen dialécticamente a la lógica y al contexto de la Modernidad, pero no hemos otorgado mayores respuestas al problema. Insistimos nuevamente en la gran dificultad que representa entregar una receta fija o una fórmula única e inequívoca siempre válida para todas las personas y todos los contextos. Pero creemos que al ser concientes de algunos de los desvíos y fullerías que aguardan en el camino es mucho más probable llegar a un buen puerto. Cada uno de los veinte puntos que hemos señalado requiere de una reflexión aparte. Existen muchos otros derroteros por los que es fácil perder de vista la verdadera meta. Uno de ellos es el cada vez más desgastado y tergiversado empleo de lo “transpersonal” para decir de todo sin decir realmente nada. Dejamos a cada uno la tarea de hallar estos otros desvíos.
Los ejemplos que hemos citado a lo largo de la discusión debieran ser investigados por el lector a fin de que se haga una opinión propia acerca de la veracidad o certeza de nuestras críticas. Creemos en las tradiciones, no en los tradicionalismos, en la espiritualidad, no en los espiritualismos. Lo que es Inconmensurable seguirá escapándose a nuestras limitaciones conceptuales y a nuestras luchas por clasificarlo o delimitarlo. Pero seguirá ahí, siempre al alcance de la mano, o quizás debiéramos decir mejor, al alcance del corazón.
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